Con Carlos de Foucauld al encuentro del otro (5)

Quinto texto para reflexionar sobre el tema del Centenario “Carlos de Foucauld – al encuentro del otro”...

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Mi Señor Jesús, qué pronto se hará pobre quien amándoos de todo corazón, no pueda soportar ser más que su Bienamado…

Mi Señor Jesús, qué pronto se hará pobre, quien pensando que todo lo que se hace a uno de estos pequeños, es a Vos a quien se hace, que todo lo que no se les hace es a Vos a quien no se hace, aliviará todas las miserias a su alcance…

Qué deprisa se hará pobre quien reciba con fe vuestras palabras: “si queréis ser perfectos, vended lo que tenéis, y dádselo a los pobres…

Bienaventurados los pobres… Todo aquel que deje sus bienes por mí, recibirá aquí abajo cien veces más y en el cielo la vida eterna…”. Y tantas otras.

¡Dios mío, no sé si es posible a algunas almas veros pobre y seguir a gusto siendo ricas, verse mayores que su Maestro, que su Bienamado, no querer parecerse a Vos en todo lo que de ellas depende y sobre todo en vuestras humillaciones; yo creo que ellas os aman, Dios mío, y sin embargo creo que falta algo a su amor, y en todo caso yo no puedo concebir el amor sin una necesidad, una imperiosa necesidad de conformación, de semejanza, y sobre todo de compartir todas las penas, todas las dificultades, todas las durezas de la vida… Ser rico, a mi gusto, vivir tranquilamente de mis bienes, cuando Vos habéis sido pobre, machacado, viviendo penosamente de un trabajo duro! ¡Yo no puedo, Dios mío… Yo no puedo amar así…”

No conviene que el criado sea mayor que el Amo”, ni que la esposa sea rica cuando el Esposo es pobre, sobre todo cuando Él es voluntariamente pobre siendo perfecto! Santa Teresa cansada de que le hiciesen fuerza para que aceptase rentas para su monasterio de Ávila, estuvo a veces a punto de ceder, pero cuando volvía a su oratorio, y veía la Cruz, caía a sus pies y suplicaba a Jesús, desnudo en la Cruz, que le concediese la gracia de no tener nunca rentas y ser tan pobre como Él…

No juzgo a nadie, Dios mío, los demás son vuestros servidores y mis hermanos y sólo debo amarlos y hacerles bien, y rezar por ellos, pero a mí, me resulta imposible entender el amor sin la búsqueda de la semejanza, el amor sin compartir todas las penas, sin el deseo ardiente de conformar toda la vida y sin la necesidad de compartir todas las cruces…

(retiro de Nazaret – noviembre 1897)



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