Con Carlos de Foucauld al encuentro del otro (4)

Cuarto texto para reflexionar sobre el tema del Centenario “Carlos de Foucauld – al encuentro del otro”...

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Meditación de Carlos sobre el salmo 81.

En todas las páginas de sus libros, Dios nos recomienda a sus hijos pobres, a sus hijos desheredados, que escuchemos su voz, seamos los padres, los hermanos, los hijos de esos desgraciados; seamos su consuelo, su refugio, su asilo, su hogar, su casa paterna. De esa manera seremos los padres, los hermanos, los hijos de Jesús; su consuelo, su refugio, su ayuda, su hogar, su casa. No nos preocupémonos de aquellos a quienes no les falta de nada, ocupémonos de aquellos a los que les falta todo, en quienes nadie piensa.

Seamos los amigos de los que nos tienen amigos. Pensemos en las llagas de Lázaro, en lugar de hacer regalos al rico, por bueno que sea. Seamos los padres, los hermanos, los hijos de los abandonados, de los desheredados, de los miserables, y seremos los padres los hermanos, los hijos de Jesús.

Amemos a los ricos, porque también son hijos de Dios; pero no nos ocupemos de ellos porque no lo necesitan; ocupémonos de los pobres porque ellos necesitan de todo, y porque Jesús nos los ha legado no como hermanos, sino como Él mismo, a quien hay que cuidar, alimentar, vestir, consolar, santificar, salvar, en definitiva, amar. Ellos son “sus hermanos” nos dice, la familia que Él ha adoptado; la que nos ha legado. Es cosa nuestra ver si queremos aceptarla de su mano o rechazarla. ¡Somos todos hijos del Altísimo! Todos… El más pobre, el más repulsivo, un recién nacido, un viejo decrépito, el ser humano menos inteligente, el más abyecto, un idiota, un loco, un pecador, el mayor pecador, el más ignorante, el último de los últimos, el que más repugna tanto física como moralmente es un hijo de Dios, un hijo del Altísimo, acompañado de un ángel de la guarda resplandeciente de belleza y poder. ¡Cómo debemos valorar a todo ser humano, cómo debemos amarle! Es hijo de Dios. Dios quiere que sus hijos se amen entre ellos como un tierno padre quiere que sus hijos se amen entre sí. Amemos a todo hombre, porque es nuestro hermano y porque Dios quiere que le miremos y le amemos muy tiernamente como tal, ¡pues es hijo del Dios bienamado y adorado! Porque es el precio de la sangre de Nuestro Señor, cubierto con su sangre como de un manto, amado por Dios y por Jesús hasta consumar por él el sacrificio del Calvario, amado de Dios hasta entregar a su Hijo, amado por Jesús, en asociación, en imitación, en unión, en conformidad perfecta con Dios, hasta inmolarse por él. Amemos a este hombre a quien Dios ama todos los instantes de su vida, a quien Él da, hasta el último minuto de su existencia, con paciencia y bondad infinitas, los medios para vivir eternamente en el cielo participando maravillosamente de la herencia divina. Estimemos, amemos desde el fondo del corazón a todo hombre por Dios, nuestro Padre común.

(meditaciones sobre los salmos – salmo 81 – Roma 1896)



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